Eclipse

Yo sé que sin errores jamás podrá haber un acierto. 

Nunca me he considerado alguien cobarde, pero para que nadie se entere, fingiré no haberte visto. 

Aún recuerdo el miedo que pasé la primera vez que nos cruzamos. Como temblaba porque estuvieras ahí.

Y escuchar tu voz y que todo mi interior se conviertiera en un huracán al saber que te acercabas por detrás.

Un roce de manos que vivía a cámara lenta. Cuando sonreías, que todo se paralizara, y me diera tiempo a enmarcar esa imagen en mi memoria. 

Me hacías tan vulnerable. 

Nadie se había fijado en ese tatuaje que intentabas tapar, porque no podías dejar ir el pasado cuando lo tienes grabado a fuego en la piel. 

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¿Cuanto tiempo ha pasado desde que me marché? Como ha cambiado todo, y tu sigues tan igual. 

Volver a la ciudad y ver tu rostro de reojo en medio de la calle este mes de Febrero. Eras tú. Y todo se volvió más hogareño. 

Sigues usando el mismo perfume. Ese que envolvía nuestro rincón secreto. 

Volví a donde empezó todo. La primera cita en aquella cafetería tan acogedora; la que no pensamos que era una cita y acabó desencadenando charlas, cafés, besos y abrazos. 

Los copos de nieve caían por la ventana y trataba de calentar mis manos en una taza, ahogando el dolor de haberte dejado atrás en ese café. 

De vuelta en la noche, pasé por nuestra pequeña casa de las afueras. Lo que siempre quisimos, lo encontramos allí. Una sonrisa fugitiva y una luz que se encendió.

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Recuerdo como aparecía con el desayuno y sonreías. Tumbados en la cama. Observábamos las estrellas cada noche antes de quedarnos dormidos apoyados el uno en el otro, como siempre hacíamos. Como te pedía que me dejaras esos cinco minutos más en la cama y te tirabas encima para sacarme de ella, porque no querías llegar tarde. Recuerdo como te evadías con la música y me sacabas a bailar en medio del salón, como locos, porque nadie nos estaba mirando. Que mal lo hacíamos, ahora lo sé, pero que felices nos hacíamos sentir. Nos daba todo igual, el frío, la lluvia, el qué dirán, que jamás hicimos buena pareja, que eramos de dos mundos distintos. Que yo me reía cada vez que escuchaba alguna de esas palabras porque solo te quería a ti. Y tu siempre demostraste estar ahí para mí. 

Y en el vaivén de mis pensamientos, abriste la puerta estando yo parada justo frente a la puerta. Nos miramos, y con un suspiro, tragué todas las palabras que podría haber dicho, pero alguien salió tras de ti. Recorrí mi cuello en busca de la cadena con el colgante en forma de luna, y sin motivo alguno seguiste mi gesto buscando el sol que aún colgaba de tu cuello. Sonreí con un dolor profundo en el pecho al saber que alguien ocupaba mi sitio de la cama, con quién compartías ahora los croissants por la mañana, que ya no era a mi a quién le cantabas por las noches. Un gesto de aprobación, no quise hacer nada más. 

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Nunca pudimos juntar el sol y la luna para siempre, pero fuimos el eclipse perfecto durante un tiempo.

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Quedamos atrás

Jamás nos habían enseñado a hacerlo:

Querer. 

Desastroso final para quiénes lo hacemos a ciegas. Ojos en forma de un corazón que todo le da igual. Verte, aunque sea en el borde de mis lágrimas reflejado. Unas mejillas bañadas en nostalgia. 

Esos cinco minutos más aprovechados hasta el final. Saltarme todas las reglas del juego por alguien que despierta en mí, lo que antes otro apagó fuertemente contra una pared de ladrillos. Me he desangrado por unas venas que no corría más que oscuridad. 

Abriendo la puerta, suenan las campanas de todas las iglesias. Que envidia de los enamorados que la cruzan. Y ahí me pierdo, en la comisura de tu sonrisa. Tal vez, aparezca de nuevo, cogiendo la primera salida de emergencia. Semáforo en rojo si se trata de ti. 

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Hasta la médula. Y todo sería más fácil si me odiaras lo mismo que yo te quiero. En mitad de éste concierto, me desconcierto. ¿Qué has hecho en mí? Todo lo preestablecido, de pronto, se desmorona. Soy el cero en la esquina de cada una de tus páginas. Sentada en el banquillo de los eliminados: ¿qué me depara ahora el camino? Pura imagen fortuita en mi cabeza cada noche y al amanecer. 

Pasos marcha atrás ahora recorrerán mis pies descalzos por el umbral de tus huesos. Que el lunar de tu pecho sea la estrella polar que me devuelva al océano. Hemos sido un tándem, siempre en la misma dirección: un salón de complicidad bailando entre los invitados, y el eco de nuestras risas como tema principal. 

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Pero debemos saber cuando abandonar el campo de batalla. En tierra enemiga con pies de plomo. Sin hacer ruido, que los ingenuos duermen, cerraremos la puerta que abrimos sin deber. Equivocarse es de sabios, corregir de valientes. Una invitación para una boda dentro de seis años, sujetaremos las manos de aquellos que nos han amado. Pero, en el fondo, siempre eras tú; siempre. 

Brindar por esos momentos que ahora quedan archivados como recuerdos. Ahora solo quedo yo, buscando un nuevo futuro esperanzador, que me haga sentir esas mariposas de los quince años cuando nos sacamos el carnet de principiantes en besos. Solo te pido, antes de partir, abrázame fuerte; que sea real que hemos existido los dos en un mismo espacio. 

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Te quiero decir: por todos esos años que no has estado, quién lo iba a decir, que podríamos haber estado tomando el mismo sol en Madrid, ocupando dos espacios en el Palau, gritando a pleno pulmón, dejándome la voz. Mirando de reojo como la felicidad estalla en tu rostro, y te ilumina los ojos. Afortunada, nada más, por que hayas estado esos años en mi vida. 

Por si algún día regresamos a ese punto: guárdame un pedacito de ti, por si esa noche me da hambre. 

Te faltan.

Te falta.

Te falta algo, lo sabes, no eres el mismo de ayer, jamás lo volverás a ser, lo sabes, te conoces, lo estás viviendo. La pesadilla de la que jamás levantarás, y duele, duele saber que siempre estarás marcado por ello. 

Te falta ella, su sonrisa, su manera de caminar, cuando venía a despertarte por las mañanas, y tu con la resaca sin ganas de nada, y ella venía aun sabiendo que le darías la espalda para quedarte cinco minutitos más durmiendo. La que te apoyaba incondicionalmente en cualquier decisión que tomaras, dándote la libertad de caerte, pero siempre estando ahí para cogerte en pedazos y volverte a pegar entre sus brazos, los mismos que te sostuvieron por primera vez, desde la primera vez que el aire entró en tus pulmones. Y te falta. Te ahoga la idea de no tenerla más. Te hundes pensando todos esos momentos que te quedaban por vivir con ella, los te quiero, los abrazos que tenían que haber durado más de cinco segundos. Y ojalá todas las veces que sigues entrando en casa de madrugada estuviera ella en el sofá esperando a que llegaras, pero ya dormida, porque el sueño pudo más que su preocupación. Y te duele. Sabes que tu corazón no volverá a recomponerse, que aunque algún día todo sea lo más normal posible, ella faltará, y eso pesa. Pesa porque no llevas tu corazón a cuestas, llevas los dos, y eso es lo más bonito que podía dejarte, su mitad, para ti. 

Y a ti te falta ella, pero a ella le falta él. Él, su mano derecha, su héroe, su ejemplo a seguir, quien miraba bajo su cama cada vez que tenía miedo, y él, ahuyentaba los monstruos de la oscuridad que hacían que las lágrimas bajaran por sus mejillas, y le leía un cuento en el borde de la cama, y la inspiraba, se quedaba dormida con su voz acariciándole los mofletes. Es el mismo que la acompañó en su primer día de colegio, de instituto, incluso a la universidad, dejándola en la puerta con el mismo miedo que tenía de pequeña en su cama, pero él seguía estando ahí, para darle ese empujón, para decirle que todo iba a salir bien, que él iba a estar a su lado. Él, su amor verdadero, el que le enseñó que la vida a veces es dura y que se va a llevar más golpes que alegrías, pero que todo se supera, el que le enseñó a contar con sus dedos, y el que le dio clases clandestinas de conducir. Y te falta. Te falta su voz gritando tu nombre a los cuatro vientos cuando no te encontraba entre la multitud, y sus gritos de enfado cuando algo no estaba bien. Le falta el rey a la princesa de la casa. Pero todas las generaciones tienen un final, algunos más longevos, otros prematuros. Y te duele que el tuyo sea uno de éstos últimos. Pero te has ganado un ángel. 

Te falta.

Que vengan a decirte te quiero y te abracen como si no quisieran volver a despegarse de ti el resto del tiempo. Te faltan, pero ellos estarían orgullosos de ver que has cubierto esa falta con un amor incondicional hacia la lucha por seguir viviendo y encontrar la felicidad.

 

Jamás encontraréis a nadie que os ame tanto como vuestros padres, y yo les doy las gracias.

100 frases, 100 heridas.

Vaya estrías.

Y celulitis. 

Culo gordo.

Estás anoréxica.

¿Tu comes? 

Si es que mírala, por dios.

Así nadie te va a querer.

No te sientes en la silla que la rompes.

Si te pones de lado, ni se te ve.

Tu no cabes en el ascensor.

Eres un palillo. 

No comas bollos.

No comas dulces.

No comas tanto.

DEJA DE COMER, GORDA.

Tiene cara de enferma. 

Vaya marginada. 

No te toco ni con un palo.

Te decimos esto por tu salud.

Normal que no tengas amigos.

¿Tu hablas?

Menuda foca.

Friki de mierda.

¿Tu donde compras la ropa? 

¿Te la hacen a medida?

Pareces Shrek.

Eso te pasa por puta.

La ballena de clase.

Rubia de bote.

Maricón.

Hueles mal.

Que fea eres. 

Como puedes salir a la calle con esa cara. 

Puto empollón.

Eres una malfollada, eso es lo que te pasa.

Cuatro ojos. 

Vuelve a tu país.

Pitufo.

Enana.

Negro de mierda.

Con esas tetas pareces una vaca.

Seguro que se está tirando al profe para sacar esas notas.

¿A cuantos se la chupas?

Estás más plana que una tabla.

No se puede ser más tonta. 

Estúpido.

Ves con cuidado, cabrón.

Cuidado con esa tía, que le va el rollo bollo.

Eres el patito feo.

Que asco, no me toques.

Bola de grasa.

Seguro que rompes la báscula.

Ni tus padres te soportan.

Payaso.

Una buena paliza te mereces.

Seguro que tiene piojos.

Tus padres son primos.

No te mereces estar en este mundo.

No te mereces vivir.

¿Porqué existes?

Estás más sola que la una.

Eres una mala influencia.

Vete al infierno.

Te espero en la salida.

Estás loco.

Retrasado.

Eres down.

Antisocial.

Bipolar.

Gilipollas.

Imbécil.

Come mierda.

Que raro eres.

Muerde almohadas.

No vayas al zoo, no sea que te metan en una jaula.

Ponte una bolsa en la cabeza.

Hipopótamo.

Me cago en tus muertos.

Me cago en tu puta madre.

¿A cuanto cobras la hora?

Nadie te echaría de menos si te marchases.

Eres más feo que pegarle a un padre.

Sube las escaleras, que falta te hace.

Malparido.

Te voy a partir la cara.

No eres nada en esta vida.

Vete a tomar por culo.

Bicho raro.

No deberías haber nacido.

Eres una pérdida de tiempo.

Si te miro, vomito.

¿Y tu fuiste el espermatozoide más rápido?

Vete a casa a llorar como una niña.

Mierda seca.

No hay sitio para ti en el mundo.

Tus padres te adoptaron por pena.

Hijo de puta.

Te odio.

Te mataría.

Ojalá te mueras.

 

100 frases, 100 heridas. Esta es la mente de una persona acosada diariamente. El caos en el que viven, el desorden mental. Solo es una pequeña muestra de los horrores a los que viven sometidos. Con esto, solo pido una cosa: 

CONCIENCIACIÓN  

No hace falta agredir físicamente a alguien para destrozarle la vida, a veces, simplemente una palabra, puede herir más que un triste golpe. 

Me sobran palabras para explicar este post sobre el bullying porque ellas ya hablan por si solas. -NG

 

 

No faltaron ganas.

 

 

Nos habíamos desecho de todo ya.
La máxima pasión que podíamos alcanzar estaba ahí, delante de nosotros.
Dispuestos a entregarnos el mundo entero.
De sobrepasar barreras que no volverían a cruzarse otra vez.
Éramos él y yo.
En un infierno ardiente y poderoso.
Aunque siempre habíamos sido tan fríos como el hielo.

No fue esa la excepción.
Un roce de manos, una sonrisa sincera, lo tenías todo de mi.
Estaba ahí, mirándote a los ojos, pero ya no eras tú.
Habías cambiado, habías cambiado de idea.

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Juraste que jamás volverías a mirarme como lo habías hecho.
Que no volveríamos a cantar y bailar bajo la lluvia.
Que no volvería a escuchar tu voz antes de dormirme.
Que ya no era yo por quien suspirabas.
Que el tiempo había pasado, y los años pesan.
Y ya no volveríamos a ser los dos enamorados.
Que querías empezar de cero, de cero pero sin mi.
Y yo, que me había puesto tu vestido favorito para dar un paso más.
Ahora, en él solo quedaban mis lágrimas.
Quizá allí rompimos, en aquel viejo bar.

Nos reencontramos en primavera.
Y a mi juzgar, no faltaron las ganas.
Esas ganas de salir corriendo y fundirnos en un solo ser.
De apretarnos con fuerza los cuerpos.
De notar tu respiración en mi cuello.
Y que sientas mi corazón latir feroz en tu pecho.
No faltaron las ganas.
Las de besarnos delante del mundo.
Las de mirarnos nuevamente a los ojos, aquellos en los que veía mi reflejo brillar.
Y dibujarnos una sonrisa.
Que se notaba que nos habíamos echado de menos.
Que al verte, todo paró.
Y a mi juzgar, no te faltaron las ganas.
Si no hubiera sido, porque yo ya había decidido volver a amar.

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Ahora nos miramos, 
nos saludamos.
Tomamos café en un nuevo bar.
Hablamos de los bien o mal que va la vida.
De las alegrías y los golpes que nos da.
Reímos recordando momentos.
Anécdotas que vivimos juntos.
Somos como viejos amigos.

Pero cada vez que te miro me sigue doliendo.
Por todo lo que pude haber sido.
Y no me dejaste ser.

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Quiero, te.

Quiero saber porque sonrío cada vez que te veo.
Quiero medir la distancia que separa tus labios de los míos.
Salir a la calle. Cruzarme contigo.
Quiero dejar de ponerme nerviosa al verte.
Mirarte cuando no te des cuenta.
Quiero soñar contigo.
Repasar tu pasado. Presente.
Estar en tu futuro.
Quiero que sepas que me gustaría ser tu mejor amiga.
Quiero ayudarte si tienes un problema.
Que puedes contar conmigo para lo que sea.

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Quiero salir a bailar.
Ir a Barcelona los fines de semana.
Quiero pasar más tiempo contigo.
Que no se enfríen las relaciones.
Quiero que el tiempo pase más lento.
Disfrutar cada minuto.
Quiero salir por la noche. Pasarlo genial.
Quiero saber porque dos y dos suman cuatro.

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Quiero saber porque yo no.
Quiero saber como me ve la gente.
Cantar delante de millones de personas.
Quiero reírme de mi y conmigo.
Quiero irme de viaje al extranjero. Contigo.

Quiero conocer otras culturas y otros sabores.
Quiero playa, cervezas, unas buenas bravas y a mis amigos.

Revivir momentos a tu lado. Quererte, con todas las consecuencias.

Quiero saber lo que piensas cuando me ves.
Cometer errores.
No tener miedo a equivocarme. A caerme.
Quiero que no me afecten tanto las cosas. 
Quiero que seas feliz. Pedirte perdón
Y yo. Ser feliz, incondicionalmente.

Incertidumbre

Lo éramos todo, lo máximo a lo que podíamos aspirar. Complicidad, confianza, respeto, apoyo. 

Quien tiene eso tiene un tesoro, me dijeron, y yo lo tenía. Me sentía afortunada. Como quien después de tanto buscar por fin logra encontrar aquello que hacía tiempo le faltaba tanto. Quizá un poco más de felicidad y menos problemas.

Alguien que te ayude a desvestirte y te despoje la oscuridad del interior. 

Pero los monstruos van y viene, y así mismo, las personas. Y cogen trenes y viajan, y se olvidan a quienes dejaron, a quienes nos vamos quedando en las estaciones. 

Y desaparecen. Un tesoro que no era más que polvo. Algunos momentos que se vuelven recuerdos. Y un pedazo de la felicidad vuelve a colocarse en un fondo negro. 

Así sin más, sin avisar. Sin decir que te vas, te fuiste, igual que el momento en el que llegan los huracanes, de repente.

Quieren levantar muros, sin saber que tu ya tienes el récord en construirlos. Que te llamen, que sabes como hacerlo bien, sin que la gente se de cuenta, hasta que se dan de frente contra él. Y duele, porque no se lo esperaban. Suerte, y que nos vaya bien. 

Pero gracias a todos ellos, soy un poco más fuerte, y un poco más fría también, si lo miramos por el lado que no da el sol. 

Pero por favor, que no haya muros que nos distancien. Que si os queréis ir, lo digáis, que no habrá verdad más dura que supere la incertidumbre

Y que llamaré cobarde a quién ponga la espalda a las adversidades. Solíamos resolver problemas como un equipo, no crearlos como enemigos.